sábado, 29 de diciembre de 2012

Comentario del P. Justo Antonio Lofeudo



La Virgen vino con el Niño Jesús en brazos y no dio ningún mensaje, pero el Niño Jesús comenzó a hablar y dijo: "Yo soy vuestra paz, vivan mis mandamientos". Con la señal de la Cruz, la Virgen y el Niño Jesús, juntos, nos bendijeron.
Este mensaje no conoce precedentes. En todos los años, desde que comenzó la Virgen a dar los mensajes los días 25 (1) de cada mes, nunca dejó Ella de hablarnos. Alguna vez nos dijo muy lacónicamente “oren, oren, oren”. Pero, nunca faltó a su empeño de hablarnos en esas fechas. Tampoco nunca, desde hace 31 años y medio o sea desde el comienzo de las apariciones, hubo un solo mensaje de nuestro Señor (2). Pues, ahora no sólo la Virgen no habla sino que quien lo hace es su Hijo.
Todo esto puede hacernos pensar que estamos ante el cierre de una etapa o que nos encontremos quizás hasta ya próximos al mismo final de los mensajes.
No es de descartar que tal impresión pueda estar condicionada porque, según se había dicho, pronto Roma dirá algo y, es de suponer también, que hará algo con respecto a Medjugorje. Es decir que el Vaticano podría disponer que se haga algo distinto de lo que estamos acostumbrados a ver y vivir.
Este mensaje, en su modalidad y contenido, nos daría razones para pensar en un cambio radical a partir de ahora y el primer indicio sería justamente este cambio en la modalidad de quién da el mensaje.

Al menos dos son las conjeturas que avalarían el pensar que estamos ante el fin de un tiempo en Medjugorje. Ambas surgen del análisis del mensaje mismo.
La primera es por cierta simetría entre el primer mensaje de la Reina de la Paz, del 26 de junio de 1981 y este último. Es como si se tratara del abrir y el cerrar un tiempo especial, que el Cielo nos ha concedido.
En efecto, la primera vez que la Santísima Virgen habló en Medjugorje fue para decirnos: “Paz, paz y sólo paz. Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y entre los hombres”. Y luego se dio a conocer como Reina de la Paz, venida -como Enviada de su Hijo- a traernos la paz que es el camino de la reconciliación con Dios y entre nosotros.
Sin duda alguna estos casi 32 años han sido, para quienes acogieron los mensajes y los vivieron y viven, una escuela de conversión diaria a Dios, de consecuente crecimiento espiritual personal y de propagación de la fe renovada; totalmente acorde con las enseñanzas del Magisterio y la tradición de la Iglesia, como lo atestiguan los muchísimos grupos de Medjugorje en tantísimas parroquias y diócesis del mundo que han reavivado la oración y la adoración al Santísimo.
La Virgen vino a hablarnos de lo esencial y a repetirlo, porque muchas veces no nos damos por enterados y porque su intención es resaltar la importancia de lo que nos pide hacer.
Ahora, es el Hijo quien recapitula todo lo dicho por su Madre en este mensaje suyo. Está diciéndonos “esa paz a la que mi Madre los llamaba soy Yo. Esa paz viene de hacer lo que Yo les mando vivir”. “Ella les ha dicho lo que tenía que decir y, porque es vuestra Madre, lo dijo no una sino muchísimas veces y además permaneciendo todo este largo tiempo con ustedes”. Tantas veces ha repetido los mensajes que muchos, confundiendo las cosas, han despreciado esta gracia sobreabundante del cielo porque juzgaban que la Virgen no puede hablar tanto, ni repetirse tanto, ni decir cosas tan sabidas e incluso –se ha llegado hasta decir- banales. Quienes así opinaban y opinan no comprenden la gravedad de los tiempos que estamos viviendo y, por tanto, porqué la Virgen ha venido y ha estado y está tanto tiempo con nosotros y nos ha conducido por la mano mes tras mes.
La otra razón, por la que daría la impresión de una despedida o al menos de un próximo final, está en la resonancia de las palabras del Niño Jesús: “Yo soy vuestra paz, vivan mis mandamientos”. El Señor, al despedirse de sus discípulos también menciona la paz, su paz, y los mandamientos como legados que les deja. Lo encontramos en los capítulos 13 y 14 del Evangelio de san Juan, cuando les dice: “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros… Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Cf. Jn 13:33-34). Y luego cuando agrega: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No dejéis que vuestro corazón se turbe ni tengáis miedo” (Jn 14:27).
No parece casual tal paralelismo. Si las palabras son las mismas es de conjeturar que la circunstancia sea la misma.

Esta aparición presenta otro rasgo muy importante y que debemos considerar: quien da el mensaje es Jesús pero Niño, en brazos de su Madre. Es el mismo Dios que viene en el Niño, el pequeño Hijo de María, para no asustarnos y darnos confianza, permitir acercarnos y para que podamos también acogerlo. No viene como Juez severo mas sus palabras están llenas de autoridad, de la autoridad de Dios. Y como Dios, Dios cercano, nos dice:

"Yo soy vuestra paz” Nadie que no sea Dios, puede darnos la paz porque la paz es un don que viene de Jesucristo. Nosotros no podemos generárnosla ni la paz es la simple consecuencia de circunstancias favorables.
La llamada paz del mundo es una suerte de tregua, jamás plena, siempre condicionada, frágil y en la superficie del acontecer, y de la que se sabe que seguirá luego la hostilidad que la romperá.
La paz que da el mundo no es la paz del corazón sino cierta tranquilidad que no posee raíces que ahonden en el corazón. Para el mundo tener paz es no ser agredido, no verse amenazado por ningún tipo de hostilidad, gozar de salud, de bienestar material. Esto, cuando y si se da, se presenta en un marco de bonanza general, precisamente cuando la gente más se olvida de Dios, y además es por naturaleza efímero. El hecho que las circunstancias sean todas favorables no quita el horizonte de la enfermedad y de la muerte propia y de personas allegadas y queridas que, ante la falta de Dios, provoca angustia.
La paz de Cristo es totalmente diferente, porque Él mismo es la paz. Porque es nuestro Salvador, quien nos rescata de nuestras angustias y soledades, quien da respuesta a nuestra vida, por haber dado la respuesta definitiva a la muerte venciéndola con su Resurrección. Por eso, nos redime de nuestras pequeñas y grandes muertes –que son nuestros pecados- y por eso la muerte no tiene el poder de cancelar la vida que se vive en Cristo. “Oh Muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde tu aguijón?” (1 Cor 15:55).
Tengo paz en la medida en que estoy unido a Cristo, anclado en Cristo, en que Él es el Señor de mi vida. Tengo paz en la medida en que no me aparto de sus mandamientos.

“Vivan mis mandamientos” Algunos de sus contemporáneos lo acusaban que su enseñanza iba contra la Ley que les había dado Dios por Moisés. Él les respondía:“No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento” (Mt 5:17). Y luego, para que se entienda bien que ni una tilde de la Ley dejaría de cumplirse, después de presentar a cada mandamiento con “Habéis oído que se dijo a los antepasados…”, replicaba afirmando “Pues yo os digo…” (Cf. Mt 5:21 ss). Con ello manifestaba un mayor rigor, una justicia superior derivada de la exigencia del amor. Es decir, el Señor no vino a edulcorar la Ley o a rebajarla sino a exigirla en su totalidad. Ahora mismo (es importante recordarlo) Él no hace descuentos a sus mandamientos como piden y exigen algunos grupos dentro de la Iglesia que se rebelan al Magisterio, alegando la necesidad de adaptación a la época. El Señor, en cambio, nos pide soportar el yugo de la Ley, que resume en los mandamientos del amor a Dios, sobre todas las cosas, y al otro como a uno mismo. Es el yugo suave del amor, es la carga que Jesucristo nos aligera.
Lo esencial es el amor y de la respuesta de amor viene la paz que Cristo nos da. Es inútil buscar paz y felicidad si nos apartamos de Él, si rechazamos su amor.
Vivir los mandamientos es vivir el amor hacia el otro, tal vez hoy distante de Dios y de nosotros, para hacerlo próximo atrayéndolo con nuestra intercesión y testimonio. Es dar a conocer el amor, dar a conocer a Cristo a quien no lo conoce, a quien no conoce el amor de Dios.

No termina hoy el mensaje con las gracias que siempre nos da nuestra Madre por haber respondido a su llamado. Hoy, la respuesta nuestra debe ser la de vivir los mandamientos para recibir la paz del Señor. En lugar del agradecimiento recibimos la bendición de la Madre y del Niño.
De ese Niño que es la Buena Noticia que atraviesa los tiempos y los espacios. De ese Niño, “Hijo del Eterno Padre y hombre verdadero, nacido de María que, siendo Madre no pierde la virginidad. Llamado Mesías y Cristo, Salvador que los hombres esperaban. Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida, ha acampado entre nosotros”.
“Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que Dios ama. Venid adoremos al Salvador” (3) en esta Santa Navidad.
P. Justo Antonio Lofeudo

www.mensajerosdelareinadelapaz.org

PS: Ahora esperemos el mensaje del 2 de enero que recibirá Mirjana.

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(1) Muy al comienzo daba los mensajes todos los días, luego lo hizo los jueves hasta el 8 de enero de 1987 y a partir de entonces todos los días 25 de cada mes.
(2) La Virgen apareció una vez mostrando a Jesús en su Pasión y en todas las Navidades trayendo al Niño, como lo hizo la vez primera, aquel 24 de Junio de 1981. Sin embargo, mensajes de Jesucristo no hubo hasta ahora.
(3) De la Calenda (Pregón) de Navidad de la Misa del gallo.

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

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